MasterChef: Risotto en Portugal o la caída del bipartidismo gastronómico

MasterChef: Risotto en Portugal o la caída del bipartidismo gastronómico

¿Oyen eso? Sí, ese silencio. Es el sonido de un programa de MasterChef sin los sollozos de Pablo. Pero esperen, ¿qué es aquello…? Vaya hombre, son los lloros del resto. Ya saben lo que dicen: comer y llorar, todo es empezar.

Viendo que el nivel de condimento (recuerden que las lágrimas son saladas) en el programa disminuiría drásticamente sin Pablo, la organización del programa pensó que era necesario un empujón para el resto. Así que hicieron acudir a las familias de los concursantes, y la cosa se desató. Y eso que en vez del novio de Andrea vino su hermana, porque no me quiero imaginar el caso contrario. Hermana que parecía al principio menos atractiva que la propia Andrea, pero con la luz correcta y gracias a una dosis bastante menor de cuquismo, ganaba la suyo. Sally contó con su familia, aunque fuentes internas del programa nos confiesan que eran actores: en realidad ella vive en una cueva con un par de cuervos que le traen bebés recién nacidos para su nutrición, y se entretiene obligando a campistas extraviados a resolver acertijos.

GIF-GOLLUM

La prueba por equipos se celebró en la base del Ejército del Aire de Getafe. Había curas y banderas, pero también un medido escote de Eva y una madre soltera militar, porque TVE puede tener caspa pero lo intenta disimular de verdad de la buena. Los jueces saltaron en paracaídas, excepto Pepe, que se encargó del plato fuerte: recoger a los aspirantes expulsados en ediciones anteriores. Era el momento de la repesca. Ave César, queda inaugurado el imperio galáctico, que comiencen los juegos del hambre.

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Allí estaban todos. Mireia, que por lo visto en su pueblo de Murcia (digo pueblo porque por estadística seguro que acierto) el PSOE no lo hizo demasiado bien y no le venía mal a la chavala volver a cocinar. Raquel, no me acuerdo de absolutamente nada de ella. Sara, que era lesbiana creo, y a la que Jordi le dijo algo de trabajar juntos. Víctor, una gran persona, seguro. Mila, ojitos a Pepe. Encina, que no quería venir porque estaba muy bien tejiendo en casa, pero la arrastraron y al ver esa cantidad de comida y una base militar entera para alimentar se mojó como no se mojaba desde 1759 y tuvo que ponerse manos a la obra. Pablo, que seguro hubiese querido llevar a su sensei a la prueba de las familias y que confesó haber rechazado una plaza en el ejército al entrar en MasterChef, algo por lo que todos los españoles deberíamos estar agradecidos.

El que no vino fue Alberto. Sí, ese Alberto, autor del León come gamba, plato más célebre que la paella mixta, que la fabada y el cachopo juntos, que el pan y el agua. Muy egoísta también Alberto no aparecer, con el bonito escarnio público que le teníamos preparado. Aquí, por ejemplo, una foto de lo que su zona de cocinas hubiese sido:

FOTO-COCINA-PLASTILINA

Tras cargarse bodas, giras internacionales, o estaciones de esquí, dejar sin comer al ejército era algo sin importancia para los aspirantes. Un poco de pimentón picante para joderlo todo por aquí, unos ajos con piel por allá, un brazo de gitano que había que repartir en sesenta trozos, y una actitud en general que si llegan a saberlo en Andorra igual aprovechan para invadir y algo se llevan. Mila fue la que regresó al show, y qué quieren que les diga, podría haber sido peor.

La prueba final fue rara, rara, rara. Sobre todo, debido a los invitados. Un juez de la edición marroquí de MasterChef y otro de la edición portuguesa acudieron a supervisar las creaciones de los aspirantes, inspiradas en su gastronomía. El esperpento se disparó en momentos como la conversación hispano árabe andaluza marroquí francesa entre Antonio y Moha, el jurado marroquí; o en la fijación de Miguel Vieira, jurado portugués, con el risotto de Andrea, que le enfadó muchísimo. También le enfadaron el resto de platos, cómo iba vestido todo el mundo, la iluminación del programa, la temperatura ambiente y todo lo que se les pueda ocurrir. Menos mal que él no era lo suficientemente exótico como para llevar la cuenta del tiempo, eso le tocó a Moha, que gritaba cuál imán (de los de las mezquitas, no de nevera) aquello que normalmente era cosa de Eva. Por mí que se quede, se me ocurren muchos tópicos completamente erróneos con los que emparejarle.

Pero los resultados también fueron extraños. Carlos y Sally, los grandes líderes, el bipartidismo gastronómico, cerraron con platos mediocres un día mediocre que los dejaba en una posición frágil. En cambio verduwoman Lidia consiguió hacer, según Pepe, “el mejor plato de esta edición”. Fidel fue el que se tuvo que marchar, dejando claro que no hay nadie tan majo como él, pero que haber tenido una infancia de mierda te ayuda hasta la mitad del programa. Luego hay que saber freír unos huevos.

FOTO-CARLOS-Y-SALLY

En fin, ahora que se ha ido Fidel odio oficialmente a todos los que quedan. No quiero ni que gane Carlos, por cani. ¿Tienen ustedes algún preferido? Quiero saberlo para decirles por qué se equivocan. Por ahora, eso es todo, ¡la semana que viene más!

Semejante Ramera

 

By Santi Alverú

2 comentarios

  1. Mi favorito ahora es el cani. Además de cocinar bien, es un tío natural. Él es como es. Y mola.

  2. ¡¡¡Ser natural está sobrevalorado!!!

    (na, de los que quedan también es mi preferido)

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