The trip to italy. El fracaso y la comida italiana

The trip to italy. El fracaso y la comida italiana

Las aventuras de Marco Polo (1254-1324) y sus viajes a través de Asia han evolucionado a lo largo de la historia para perder, gradualmente y por parte de eruditos y aficionados, la fe ciega que antaño se le ofrecía sin reparos. Las historias del mercader y su familia por continente asiático, lugar lleno de productos sin duda atractivos para un grupo de comerciantes como este, son hoy en día rechazadas por multitud de expertos que acusan falta de detalles, una visión exagerada de lo que en realidad fueron hechos sin importancia e inexactitudes históricas suficientes para suspender varios trabajos al mejor de los alumnos.

Lo que ocurre, en opinión de un humilde servidor, es que el pobre Marco contó, digamos, su versión de los hechos. Y es que imagínense lo difícil que debía ser resistir la tentación a soltar una o dos mentirijillas en un mundo en el que la persona sentada delante suyo en una cena no tuviese la respuesta a cualquier pregunta en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Porque si bien Google ha conseguido acabar con mucha charlatanería y habladuría, también ha acabado con el romanticismo. Y eso era Marco Polo. ¿Mentiroso? Puede. Pero un mentiroso romántico.

foto marco poloRodeados de pasta, alimento equívoca aunque irremediablemente atribuido a los viajes del mercader veneciano, es como viven Steve Coogan (Philomena, Tropic Thunder) y Rob Brydon (Lock and Stock, 24h party people) en The Trip to Italy. La película, todavía inédita en nuestro país y que hemos podido ver gracias a las maravillas de una aplicación llamada Popcorn Time (vengan a buscarme si quieren por estas declaraciones), es el resultado de la segunda adaptación de la serie británica The Trip a la gran pantalla. En ella, los actores Coogan y Brydon se interpretan a si mismos viajando por el país mediterráneo y recogiendo sus impresiones, tanto filosóficas como anímicas, pero sobre todo gastronómicas, para el diario The Observer.

foto uno

Un viaje y un plato de comida (cuando son buenos) guardan esa característica que, siempre desde mi aventurada teoría, volvió loco a Marco Polo y ahora trae de cabeza a los protagonistas de la cinta, sumidos en una profunda crisis de mediana edad. Su magnificencia, la de la comida y la experiencia vivida, reduce la pobre condición de nuestra aburrida existencia a un lugar todavía más oscuro, y solo queda preguntarnos cómo es posible que algo tan claramente supremo pueda existir si alrededor suyo solo vemos dolor y apatía.

Y como seres vanidosos que somos, al igual que lo eran muchos de los temibles dioses romanos, evitamos cuestionarnos mucho más todos estos asuntos, y preferimos incluso dejar a un lado la exacta versión de los hechos para ofrecer a nuestros allegados una edulcorada forma de los mismos, que sin duda asociarán crédulos con nuestra personalidad, ganando así al menos, si no nuestro propio respeto, el de los demás, que es tan codiciado como el primero o incluso algo más.

Pues no es fortuito que el ser humano haya evolucionado a esta forma de homínido que es hoy en día, cuya principal preocupación es compartir aquello que vive y siente. No es casualidad que lo que comemos y a donde vamos se haya convertido en algo que fotografiar, sobre lo que escribir y publicar. Tampoco es accidental que de diarios de viaje hayamos pasado a diapositivas, de estas a proyecciones digitales y de aquí a diminutos álbumes de fotos con un preocupante porcentaje de selfies. Este desarrollo hacia la universalidad y la exposición total de nuestras vivencias tiene exactamente el mismo motor que llevó a Marco Polo a adornar demasiado sus historias: el miedo al rechazo, la búsqueda de reconocimiento, y el autoengaño.

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Las conversaciones entre Coogan y Brydon, estupendos ambos en sus respectivas interpretaciones de si mismos y dirigidos por un eficaz Michael Winterbottom, versan habitualmente sobre estos temas. Interrumpidos por visualmente exquisitos platos de raviolis, tallarines, espaguetis, calmares, chipirones, espinacas, filetes, atunes y demás elementos de la cocina italiana, ambos se atacan constantemente y con acidez acerca de sus respectivas carreras y situaciones sentimentales. La del primero, un actor conocido pero siempre a la sombra de otros con mejor suerte cuya familia dista mucho de ser perfecta. La del segundo, también actor, pero en su caso completamente alejado de las ligas en las que su amigo juega, y con una situación sentimental bastante más compleja si cabe.

Todo este malestar se ve recompensado por la comedia del film. En un alarde de repetición que podría haber resultado agotador, pero que en cambio resulta etractivo debido al buen equilibrio entre géneros, a la amplia variedad temática de las mismas y al carisma y naturalidad de los actores, las otras protagonistas de esta película son las imitaciones a personajes famosos, habitualmente actores, pero también poetas o escritores.

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Cine y Gastronomía se juntan en The Trip to Italy para, además de ofrecernos un maravilloso retrato de Italia, evidenciar una vez más la incomodidad del ser humano frente a lo maravilloso de la naturaleza y sus frutos. Porque como dijo una vez el inglés Lord Byron, romántico poeta y poeta romántico ampliamente mencionado en la película:

“El arte, la gloria, la libertad se marchitan. Pero la naturaleza siempre permanece bella”

Ya me dirán que opinan. Estos días estaré más activo por G de Gastronomía, porque he dejado que Arzak me adelante notablemente en likes y comentarios y eso no puede ser. Así que nos leemos pronto. Saludos.

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Un comentario

  1. Hola,
    Me paseaba por vuestro interesante blog y os dejo un post mio:

    https://pocohecho.wordpress.com/2015/04/01/cena-con-tony-soprano/

    saludos

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